Los países que la utilizan registran menos infectados y muertes. Los estudios demuestran que fortalece el sistema inmunitario. Falta saber si previene el coronavirus.

Albert Calmette y Camille Guérin son dos nombres que probablemente no sepa pero que quizá le salvaron la vida gracias a un brillante descubrimiento hecho en 1908. Él era médico, ella veterinaria, y juntos, tenían cultivos de bacterias de la tuberculosis.

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Cuando se dieron cuenta de que las más recientes eran menos peligrosas, avanzaron con una idea peregrina. Las aislaron y repitieron el proceso 239 veces. Fue un trabajo que duró 13 años y que acabó salvando miles, si no millones de vidas — y hoy se sospecha que podría ser un buen arma contra Covid-19.

Sus apellidos se convirtieron entonces en parte de la sigla bien conocida: BCG, bacilo de Calmette-Guérin. La versión más inofensiva de la bacteria que provoca la tuberculosis comenzó entonces a administrarse en 1921 y, progresivamente, ayudó a hacer desaparecer la enfermedad de los países desarrollados, hasta el punto de que hoy muchos ya han renunciado a su presencia en los planes obligatorios de vacunación. Portugal retiró su universalidad en 2017 y se concedió únicamente a grupos de riesgo, aunque la aparición de nuevos casos puso en entredicho esta modificación.

En cualquier caso, la mayoría de la población portuguesa tiene la BCG en sus boletines — y la famosa cicatriz en el brazo para demostrarlo — y, según algunos expertos, esa podría ser la razón por la que los efectos del nuevo coronavirus se hicieron sentir menos agresivos en el País. En el nuestro y en los que mantienen la vacuna en los planes obligatorios.

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Pre-publicado el 28 de marzo, el estudio establece una correlación entre una política universal de vacunación contra la tuberculosis y una tasa de mortalidad reducida provocada por Covid-19. La comparación permitió descubrir que países que no incluían BCG, como Italia, Holanda y Estados Unidos, los efectos “fueron más severos en comparación con los países con vacunación universal de larga duración”. Y esta reducción se ha producido también en el número de infectados.

“La combinación de morbilidad reducida y mortalidad convierten la vacuna BCG en una herramienta potencial en la lucha contra Covid-19”, concluye el documento.

¿Qué pasa con BCG?
Creada pensando en la tuberculosis-y muy exitosa a este fin —, a lo largo de los años se han descubierto nuevas y misteriosas ventajas de la vacuna: además del fortalecimiento del sistema inmunitario, parece reducir los efectos de las enfermedades víricas y las infecciones respiratorias.

La vacuna parece tener un efecto beneficioso al entrenar al sistema inmunitario para que responda mejor a otros virus y bacterias, especialmente en los niños. Así lo demostró un estudio realizado en 2000 en Guinea-Bissau, que reveló que BCG — junto con otras vacunas-ayudó a reducir la mortalidad infantil hasta los dos años en un 30-50%.

Otro estudio puso de manifiesto que la BCG tenía efectos beneficiosos potenciales en el período neonatal y, en 2017, Los investigadores demostraron que la vacuna estaba vinculada a enormes reducciones en las tasas de mortalidad en bebés de bajo peso.

Un arma contra Covid-19
La correlación es, por el momento, una sospecha de conexión entre la administración de la vacuna en la población y un menor impacto de la pandemia en estos países. Esta es una hipótesis que está siendo probada en este momento.

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A principios de abril, investigadores australianos iniciaron un estudio en profesionales sanitarios para comprobar la eficacia en la prevención de la enfermedad. Sin embargo, no se recomienda la administración de la vacuna a pacientes infectados por el nuevo coronavirus u otra enfermedad, ya que la vacuna contiene la bacteria viva, aunque débil, lo que puede presentar un riesgo innecesario en pacientes con sistemas inmunitarios debilitados.

“Nadie dice que [la BCG] es la solución. Lo que queremos es reducir el tiempo que un profesional sanitario infectado no está disponible para recuperarse y volver al trabajo lo antes posible”, explica Nigel Curtis, uno de los investigadores del estudio de la Universidad de Melbourne, en declaraciones al”New York Times”.

En los Países Bajos, otro estudio similar comenzó a finales de marzo, casi del mismo modo que el australiano. Estados Unidos y Alemania son otros dos países que ya han demostrado querer probar esta hipótesis.

Por el momento, la Organización Mundial de la salud sigue siendo vacilante en este asunto, al menos hasta que empiecen a surgir pruebas que confirmen las correlaciones que ya se han presentado. Por el momento, la BCG no es una solución milagrosa, pero puede ser una herramienta importante mientras el mundo aguanta la respiración esperando la llegada de un tratamiento eficaz o de una vacuna, que puede que nunca llegue.

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