El azúcar es un hidrato de carbono simple, designado por la sacarosa, que es resultado de la fusión de 2 azúcares simples: glucosa y fructosa (el conocido azúcar de la fruta). Sin embargo, el azúcar puede aparecer en las etiquetas de los alimentos disfrazado de cualquier designación terminada en “osa” – Sacarosa glucosa, maltosa, fructosa, jarabe de …, dextrosa. Son todo azúcar! Básicamente, todo lo que es procesado y viene embalado tiene azúcar.

De acuerdo con las recomendaciones, debemos consumir un máximo de 10-15% de azúcares simples, la ingesta total de hidratos de carbono. Sin embargo, cuando hablamos de los azúcares mencionados anteriormente, se recomienda que sea el mínimo posible.
Cuando se ingieren en exceso, no van a ser utilizados y se transforman en grasa, siendo posteriormente almacenados en el tejido adiposo.

Efectos neurológicos

El azúcar tiene un efecto similar, o incluso peor, al provocado por el alcohol y, similar al de algunas drogas.
El azúcar tiene consecuencias nefastas para nuestro cerebro, creando dependencia pues, la ingesta regular, provoca alteraciones en los receptores de nuestro cerebro, asociado al placer, compensación y comodidad. Estos cambios hacen que pase a tener una “tendencia para el azúcar” y, a largo plazo, las dosis necesarias para cumplir esa voluntad va aumentando. Este efecto está relacionado con la liberación de un neuro transmisor conocido como dopamina, que se asocia al placer.

Es habitual escuchar “Pero mi cuerpo pide azúcar… él también necesita de azúcar”. No pasa de ser un mito. Por supuesto, nuestro organismo necesita glucosa, que es la fuente de energía preferida a nivel muscular y cerebral. Cuando los niveles de glucosa en sangre bajan el organismo desencadena mecanismos de defensa y da el alerta para el consumo de alimentos (normalmente asociados con azúcar).

Sin embargo, esta glucosa debe provenir de alimentos que aporten hidratos de carbono complejos (Cereales y derivados integrales, tubérculos) porque, a su digestión proporcionará la liberación gradual de la glucosa en el torrente sanguíneo, evitando picos de glucosa en sangre. Pronto, nuestro cuerpo no necesita de la ingesta de azúcares simples.

Efectos metabólicos

Tal como se ha mencionado, el azúcar provoca los mismos problemas metabólicos que el alcohol. En última instancia podemos tener un problema conocido como esteatose hepática o “hígado graso”. A corto plazo se traduce en cambios en los análisis. Más tarde se traduce en todo aquello que contribuye al síndrome metabólico: diabetes tipo 2, hipertensión arterial, alteración del colesterol en la sangre, aumento del ácido úrico. Y, a largo plazo, todo esto se traduce en alteraciones cardiovasculares. Infarto precoz del infarto de miocardio, accidente vascular cerebral.

Efectos dentales

La cariogenicidade de los alimentos es diferente según el tipo de azúcares presentes. Los que se presentan en su forma libre o añadidos a los alimentos, como la sacarosa (azúcar de mesa), la miel, los jarabes, son más cariogénicos una vez que están disponibles para las bacterias de la cavidad oral y promueven una mayor producción de ácidos, lo que destruye el esmalte dental .

Efectos dermatológicos

La ingesta regular de azúcar acelera el envejecimiento de la piel. Este efecto se debe a un proceso designado por glicación (el azúcar se une a las proteínas, en este caso las proteínas responsables de la ayuda de la piel) provocando daños en las fibras elásticas y el colágeno. Como consecuencia – la flacidez de la piel y envejecimiento prematuro.

Resumen de las consecuencias nefastas de la ingesta de azúcar:

• Dependencia neurológico;
• Aumento de la grasa corporal y aumento de peso;
• Alteraciones hepáticas (hígado) – Esteatose hepática (“Hígado graso”);
• Resistencia a la insulina – diabetes tipo 2;
• Hipertensión arterial;
• Hipercolesterolemia;
• Aumento de los niveles de ácido úrico;
• A largo plazo – alteraciones cardiovasculares: Infarto precoz del infarto de miocardio, accidente cerebrovascular;
• Caries dentales;
• Envejecimiento prematuro de la piel.

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