La ascensión del políticamente incorrecto

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El lenguaje es un instrumento político de gran alcance sobre todo por que la intención de no tener que político. Cada fijación que hacemos por el lenguaje es como si estuviéramos decir, de forma casi siempre implícito: esto está fuera del juego de la política, o sea, fuera del campo de la elección y del cambio. Si queremos conocer la historia de las desigualdades y las discriminaciones de un pueblo, tal vez la fuente más completa de información sea la historia de la lengua de este pueblo. Por eso, la importancia de cuidar la lengua pasa no sólo por los aspectos lingüísticos, sino también de comprensión política y su crítica. Las palabras no son sólo palabras. Dentro de sus posibilidades está la capacidad de agredir, ofender, condenar y ordenar. Este es el inmenso poder de dirigir, con más o menos la coerción, a un estado de cosas que se naturaliza las asignaciones de la lengua, y que ningún poder político es indiferente. Ni siquiera ningún contrapoder.

Esta reflexión no es nueva, ya que no es nueva la preocupación crítica y política en tomar decisiones inclusivas en el uso de la lengua, sobre todo en sus aplicaciones oficiales, en el ejercicio de cargos públicos, por ejemplo. Pero también en la esfera de la educación, primera línea de combate a los prejuicios discriminatorios, en que los manuales escolares son piezas muy sensibles.

También no es nueva en la feroz resistencia a esta preocupación con el uso inclusivo del lenguaje. Por alguna razón, de hecho, se vengó de la desafortunada expresión “políticamente correcto” para designar el lenguaje inclusivo. Adjectivar un lenguaje como “correcta” es asumir que debe conformarse a una normatividad, que la restringe, en vez de hacer elegir. En realidad, el uso de la expresión “políticamente correcto” ha sido mucho más la obra de sus críticos neoconservadores estadounidenses, así ensombraram la buena práctica de un lenguaje inclusivo con una acepción peyorativa del normativo.

Lo que es nuevo es el hecho de que el lenguaje no inclusivo – que discrimina, etiquetas y otros – haber roto los hilos de lana que llamamos convenciones y que inhibían. Este rompimiento, sin embargo, estaba siendo preparado desde hace al menos una década y media. Encontró un marco de referencia en la crítica a la “dictadura del relativismo”, expresión que, como es sabido, acuñada por Ratzinger. A continuación, los neoconservadores concretizaron tal dictadura del relativismo en la de lo “políticamente correcto”, que interpretaron la versión operativo de eso – lo “políticamente correcto” estaría para el relativismo como la práctica a la teoría. Pero incluso esto no hubiera pasado de una discusión teórica no tuviera el rechazo de lo “políticamente correcto” pasado a la práctica efectiva de su contrario: el “políticamente incorrecto”.

esto Es lo que Donald Trump hizo, no por algún defecto de la educación, pero por intencional, deliberada y sistemática acción política a lo largo de su campaña electoral. Es también lo que Nigel Farage es cuando ataca a Merkel y ofende el viudo de Do Cox tras el atentado terrorista de Berlín. Porque en vez de respetar el dolor del luto, hace de ella un campo de lucha, como si el duelo fuera una oportunidad de agresión, sin tabúes.

Lo que es nuevo, por lo tanto, es la subida, sin trabas, de políticamente incorrecto. Trump y la de “Alt-Right”, Farage y el UKIP, la derecha radical nacionalista que va tomando la Europa, del Este hacia el oeste, tienen al menos en común la afirmación de una forma de hacer política basada en la práctica de la exclusión de que lo políticamente incorrecto es la puerta de entrada. Siempre hay alguien a eliminar: mexicanos, para Trump, inmigrantes para Farage, refugiados para Órban. No es, sin embargo, el excluido que define el problema, pero la lógica de exclusión que se repite por toda la parte, justificada en el lenguaje políticamente incorrecta.

Pero ¿cuáles son las causas de este cambio? Uno de los peores errores que se puede cometer es identificar mal las causas del problema. Es verdad que la supervivencia del lenguaje inclusivo está amenazada en nuestro tiempo. Pero esto no implica que la causa de esta amenaza es el exceso de libertad de expresión admitida en el espacio público. Y que, por tanto, sus límites deben de algún modo, ser repensados o restringidos. No se combate la ascensión del políticamente incorrecto abriendo un debate que está bastante bien resuelto hace mucho. No hay democracia sin la opinión pública, no hay opinión pública sin libertad de expresión y no hay verdadera libertad de expresión donde no es posible un Charlie Hebdo – lo que supone, por desagradable que sea, el derecho a ofender.

El cambio estructural es otra. El ‘medium’ general de la comunicación se está convirtiendo en una era de ‘mass media’ transitamos hacia una era de ‘social media’, que condiciona la configuración del espacio público, e incluso la posibilidad de su subsistencia. La discusión pública basada en razones que servía, hasta entonces, de un modelo de comunicación en las democracias maduras se sustituye en las redes sociales por una discusión de trincheras. Una comunicación intimidatória, que más se asemeja a la conducta de los bullying, se impone, sin filtro, a la discusión estructurada argumentativamente a partir de una base comunicacional de la civilidad.

En realidad, el único control de la agresividad en las redes sociales es la purga de aquellos que discrepan de las listas de amigos, eludiendo se agudizó la conflictividad por la eliminación progresiva del pluralismo. Pero la tentación de la purga es ya un efecto secundario del régimen de entrincheiramento que se va instalando en las redes sociales. Peor aún: este régimen va colonizando a los medios de comunicación tradicionales, desestruturando todo el espacio de la opinión pública, imprescindible para el estado de derecho democrático.

Es la propia idea de medios de comunicación que corre peligro de desaparecer de nuestras sociedades. En primer lugar, porque el ‘medium’, tendiendo a ser la casa donde habitamos socialmente y así, coincidiendo con nuestro real, deja de mediar en lo que sea. En segundo lugar, porque también se comunica menos, cada vez menos, y en el límite mismo de la nada. Ni una verdad ni un argumento. Cuando lo que debería caracterizar a la acción de comunicar es la capacidad de hacer razones de concordancia pero también de desacuerdo ser puestas en común.

La verdad es que los medios de comunicación si se disuelve en el inmediatismo amenazante de las redes sociales. Y las minorías, el pluralismo, la democracia se cuentan entre las realidades en peligro de extinción. El que se tiene que hacer es no dar por natural el diseño de las redes sociales. La cultura del “me gusta” y “me encanta”, la “ira” y “el triste” constituyen ya una elección que no fue hecha por los usuarios de Facebook. Son el resultado de una preferencia, que no es fortuita, por la respuesta emocional, donde cuentan como relevantes para la movilización, la regimentación y, en cierto modo, un otro “políticamente correcto” — de la ortodoxia y de la rigidez, que castiga con la exclusión de la divergencia. Una cultura de respuesta argumentada de “estoy de acuerdo” y “desacuerdo” y “dile allí ¿por qué” es el tipo de filtro que las redes sociales tienen que incorporar. Las redes sociales como realidad política no pueden ser inmunes a las demandas de sus usuarios y, antes de eso, nuestra relación con las redes sociales tiene que dejar de ser pensada como la de meros usuarios, clientes en el fondo. Es preciso asumir, de una vez por todas, que las redes sociales son el espacio público, lo que implica que sus normas no pueden ser diseñadas e impuestas por ningún Zuckerberg.

El lenguaje de toda hace falta. Si tiene el poder de establecer, ordenar y dirigir-nos, no es raro de formas opressoras, el lenguaje también tiene otro poder. Como dijo Jacques Rancière, “el hombre es un animal político porque es un animal literario que escapa a su destino ‘natural’ por si dejar equivocamos por el poder de las palabras”.

El autor escribe según la antigua ortografía.

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